Las Escrituras nos ofrecen una galería de rostros profundamente humanos, marcados
por el límite, por la pérdida, por la espera. En definitiva, son testimonios de personas
que sufren. No hay aquí teorías cerradas ni recetas de consuelo: lo que se ofrece es un
espacio de escucha y una palabra dicha con cuidado, con respeto, con esperanza; una
palabra que no pretende resolver, sino acompañar; que no pretende enseñar, sino más
bien consolar desde la verdad de la herida.