¿No tenéis la sensación de que Dios está tremendamente presente en nuestro presente? Y, sin embargo, ante la dificultad de verle la cara, hay un alto porcentaje de personas que lo niegan, huyen de él e incluso que deciden matar a Dios. Y tal vez por eso, ante la imposibilidad de mirar directamente a Dios, se busca encontrarlo en otros espacios, donde no ofusque su luz y llegue a cegar los ojos sensibles y poco acostumbrados a mirar lo sagrado. En El buen ladrón, Manu Andueza parte del personaje bíblico del buen ladrón, prácticamente anónimo y desconocido, como metáfora para hablar de hacia dónde mirar para encontrar al quién que nos lleve a Dios o al quién en el que ubicamos a Dios. Posteriormente, narra historias de vicarios de Cristo, de personas que bien pudieran haber sido ese buen ladrón. Todo ello desde la convicción de que es en los crucificados de la historia donde encontramos ese quién que nos remite a Dios, misterio eterno.