«La Iglesia tiene todavía mucho que aprender de las mujeres», dijo el papa Francisco. A menudo se ha considerado al laicado –y especialmente a la mujer– como colaborador externo más que como protagonista esencial. Sin embargo, el proceso sinodal nos ha recordado una verdad olvidada: la Iglesia es ante todo una comunión de iguales que camina en reciprocidad. Con un diálogo interdisciplinar entre teólogos, psicólogos y pastores, se nos propone una «pedagogía de la diferencia» que no separa, sino que une, donde el amor es la única medida.