Un viaje idealizado y un autorretrato para las generaciones futuras. No otra cosa son estas dos cartas singulares del padre del humanismo renacentista. La realidad que experimenta el artista nunca se reduce a los simples datos que, buscando la objetividad, recoge un informe o una crónica histórica. De hecho, lo que sucede a la vista de todos apenas representa una mínima parte del universo espiritual de una persona. Es necesario adentrarse en aquello que ha sido imaginado con un orden preciso para intentar comprender la esencia del que sueña. Así, cuando Petrarca redacta la guía para viajar de Génova a Jerusalén, en el fondo está tratando de orientarse en el territorio que es él mismo ayudado por citas de los clásicos, notas arqueológicas evocadoras y relatos mitológicos que engalanan los distintos escenarios. Y cuando detalla la imagen que quiere dejar de sí mismo a las generaciones futuras, no hace otra cosa que inventar una nueva forma de biografía secular para desbordar los datos con los que un sucinto expediente pretende compendiar una vida cualquiera. Francesco Petrarca (1304-1374), eximio poeta, fue uno de los pensadores más reconocidos e influyentes del siglo XIV. La tradición le considera uno de los principales impulsores del movimiento humanista.