La misión educativa ha adquirido en las últimas décadas unos matices de complejidad que no pasan desapercibidos. En un mundo dominado por el paradigma tecno-emotivista, educar el corazón se convierte en una tarea colosal.
La pedagogía de los grandes relatos hunde sus raíces en la convicción de que en los textos el joven estudian-te puede descubrir sentido y propósito vital, otras vidas posibles y una fuente de vigor para disponer sus actos de una manera buena y bella.
El buen maestro juega un papel importante a la hora de sacar a la luz la verdad del niño y afrontarla unidos. Y en este camino narrativo que maestro y alumnos transitan juntos, hay algo más que un mero acompañarse. Ese ca-mino narrativo es también conocerse y es, pues, un amor verdadero hacia el educando, para quien buscamos el mayor florecimiento.
El tiempo apremia. Urge llevar estos relatos al corazón del joven, obturado por evasiones que amenazan infartar sus deseos de grandeza.