Habitar el mundo en armonía con los otros constituye una de las tareas más complejas a la que está llamado el ser humano. Una tarea que se actualiza de generación en generación y que reclama nuestra atención como sociedad. Las coordenadas sociohistóricas actuales demandan considerar de nuevo los fundamentos clásicos del civismo y su articulación pedagógica, así como comprender las aristas de la polarización-radicalización política y sus efectos en la confianza social y la configuración de identidades reactivas cegadas por el odio. En este escenario, se cobija un antiguo conocido con aspecto renovado de posverdad que propone someter al pensamiento. Frente a ello, cabe imaginar una educación cívica que forje nuevos mimbres de confianza en el entramado social, que otorgue a la universidad y al conocimiento el espacio que merecen y se articule en relaciones cordiales, sobre los pilares de la reconciliación o el perdón social, en cuanto que esperanza factible para un modo de convivencia propiamente democrático.j