La psicología cristiana es una cuestión de extrema urgencia y necesidad, pues está en juego el alma de muchísimas personas y su salud mental, espiritual y global. Muchos de los problemas del ser humano tienen su origen en el alma, no en la mente, por lo que hay millones de personas que no están recibiendo el tratamiento adecuado. ¿Quién no ha oído decir que la gente ha dejado de acudir al confesionario para ir al psicólogo? Sin embargo, está claro que el psicólogo no puede perdonar los pecados en nombre de Jesucristo, y por lo tanto, confesor y psicólogo no son, a priori, intercambiables. Al mismo tiempo, constatamos que la sinergia entre la psicología cristiana y la dirección espiritual es enorme, y la Iglesia puede ser de gran ayuda a través de las gracias de las que es administradora. El psicólogo cristiano ayuda a la persona en el discernimiento de su verdadero bien, haciendo uso de las técnicas y metodologías propias de la psicología, y desde un punto de vista antropológicamente cristiano. El director espiritual se centra más en el alma de la persona y en su relación con Dios y consigo misma. Ambos trabajan en el cuidado de las tres dimensiones de la persona (cuerpo, alma y psique), ayudándola a integrar en su vida las diversas circunstancias como parte de un bien mayor que la supera y trasciende: la vida eterna junto a Dios.