La fuerza de Góricheva reside precisamente en esa incomodidad. Es una pensadora intempestiva porque no se adapta con facilidad a las posiciones que suelen ordenar nuestro presente. Su crítica de Occidente no es simple-mente política; su defensa de la tradición no equivale a conservadurismo cultural; su cristianismo no se confunde con el moralismo; su atención a los animales no responde a una moda ecológica; su lectura de la moder-nidad no nace de la nostalgia de un pasado idealizado. En ella actúa una intuición decisiva: la cultura contemporánea ha perdido contacto con la presencia de lo real. Y cuando lo real se pierde, todo se vuelve posible, pero también queda vaciado desde dentro. La libertad degenera en indiferencia; la tolerancia, en neutralización del otro; la religión, en identidad; la compasión, en gesto retórico; la ecología, en discurso; el amor, en terapia; y la esperanza, en evasión. Frente a esa pérdida de realidad, Góricheva reclama una recuperación radical de la presencia: presencia de Dios, del otro, de la creación y del sufrimiento (...) Góricheva no cree en el mito moderno de una historia que avanza necesariamente hacia lo mejor, ni tampoco en la simple conservación del pasado. Su esperanza es pascual: nace después de la muerte, no antes de ella. Por eso puede mirar de frente el horror sin quedar absorbida por él. La esperanza cristiana no niega la tragedia; la atraviesa