¡Viva la poesía! puede considerarse el testamento literario del papa Francisco. Lejos de concebir la literatura como instrumento de adorno o de evasión, el pontífice transita por las páginas de Dante, Dostoievski, Manzoni y Borges para reivindicar la ficción y el verso como herramientas de discernimiento espiritual. Esta cuidada antología, articulada en torno a la necesidad de un «pensamiento incompleto» frente a la rigidez del dogma, nos recuerda que la teología necesita de la imaginación narrativa para no languidecer en fórmulas asépticas, y que, sin ese ejercicio de empatía que procura la lectura, el corazón del hombre acaba marchitándose como un «fruto seco».